Como quiera que el camello periodístico escasea - a contrapelo de las cifras del Dane - y el jefe siempre tiene la razón (en especial cuando no la tiene) asistí, sin chistar, al comité editorial donde nos asignaron los temas para éste número de la revista.
Es un tipo de reunión muy parecida a la que los venezolanos conocen como “aló presidente” y los colombianos como “consejos comunales”. (Los tres eventos se parecen porque el que más habla es el jefe)
Trabajar en una revista de turismo tiene sus ventajas. Mis compañeros salieron dichosos. Uno viajó a París, otro a Disney World, el más aburrido se embarcó en un crucero por el Caribe y mi resignado jefe se auto-asignó el viaje a China.
Como me blanquearon, sin destino específico, decidieron asignarme – a manera de chicharrón de consolación – escribir sobre el futuro del turismo.
Cuando solicité el presupuesto para meterle muela a semejante trabajo futurista, me sugirieron hablar con la señorita encargada de la “caja menor”.
Ahí mismo deduje que este tipo de asignaciones honoríficas, sólo se las gana uno cuando ya está agotado el presupuesto.
La vicaria apenas me dio para el “Transmilenio”, pero me encimó esta valiosa sugerencia:
- Si tiene otros gastos, pague de su bolsillo, guarde los recibos y después le reintegramos.
El tal “Futuro del Turismo” lucía tan resbaloso que no encontré por dónde agarrarlo.
Para no cargarle la mano a la caja menor, acudí a mi Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, y busqué: “futuro”.
“Persona que tiene compromiso formal de casamiento con otra de distinto sexo”.
Quedé bizco. Esa torcida definición de futuro, no armonizaba con turismo… ni siquiera por el lado del “sexo”.
La segunda definición de “futuro” en ese Real diccionario, dice: “Lo que puede suceder o no”.
¡Eureka! Ahí sí encontré relación entre “futuro” y “turismo”.
Ejemplo de esa definición lo dio la poderosa empresa de aviación Pan American World Airways – Panam - la histórica Nochebuena de 1968.
Esa noche, mientras la nave Apolo VIII daba, por primera ocasión en la historia, la vuelta por el lado oculto de la Luna, sus tripulantes leyeron desde el espacio pasajes de la Biblia. La emoción resultó tan contagiosa, que el Vicepresidente de Relaciones Públicas de Panam interrumpió la transmisión de la Cadena ABC, para anunciar que su empresa empezaba a recibir, desde esa misma Nochebuena, reservas para los turistas que quisieran viajar a la Luna.
En Navidad, los ilusos inscritos ya eran cien.
Seis meses más tarde -20 de julio de 1969- día en que el primer ser humano colocó sus tenis “Croydon” sobre la superficie de la luna, la lista de turistas espaciales ya exhibía 25.000 nombres.
Pero en marzo 3 de 1971, Panam se olió que la Luna no estaba tan cerca, aterrizó de barriga en la realidad y arrojó a la basura su famosa lista de turistas espaciales, donde ya hacían fila 93.000 lunáticos, de 90 países.
Veinte años más tarde -1991- Panam (la empresa de aviación más grande del mundo) se quebró.
Yo sospecho que se quebró para no contradecir a nuestra Real Academia de la Lengua Española, en su segunda definición de “futuro”. Lo que pudo suceder… no sucedió.
No muy satisfecho, busqué la tercera definición de futuro: “Lo que está por venir”.
¡Tres veces Eureka!
Lo que está por venir es: la salida de turistas al espacio.
Aclaración #1: No me refiero a la tan frecuente salida al espacio de campesinos, que viajan en esos buses que vuelan a más de 120 km./hora, por la miedosa carretera -sembrada de precipicios- que culebrea entre Ipiales y Potosí. ¡Tres veces No!
Lo que me refiero es a la salida al espacio de turistas, para ver a la Tierra desde arriba. (Este privilegio de “ver la Tierra desde arriba” sólo lo han disfrutado, hasta ahora, los fabricantes clandestinos de pólvora cuando se les explota el negocio)
El turismo espacial es caro. Hasta hoy, sólo cinco turistas en el mundo han pagado ese paseo millonario.
Aclaración # 2: No confundir este “paseo millonario” de los turistas espaciales, con el otro “paseo millonario” al que son sometidos distinguidos miembros de nuestra clase media, cuando los pasean a la fuerza, por sus cajeros automáticos, gracias al poder de convicción que posee un fierro Smith & Wesson recostado sobre el occipital.
E insisto en eso del paseo millonario, pues los tres primeros turistas espaciales pagaron 20 millones de verdes dólares, por cabeza, para pegarse la rodadita hasta la Estación Espacial Internacional.
El primero fue Dennos Tito, en abril de 2001, por un viaje de 8 días. Un año más tarde, Mark Shuttleworth, disfrutó de 10 días, y en octubre de 2005, el periplo de Gregory Olsen tuvo una duración de 12 días.
Anousheh Ansari - primera mujer turista espacial - se escapó 10 días a la Estación Espacial, en septiembre de 2006, pero, como ocurre con las damas, no quiso confesar cuánto le arrancaron por el viajecito.
Como todo sube (hasta el pasaje en “Transmilenio”) al quinto turista espacial, Charles Simonyi, le facturaron en abril de 2007, $25 millones, por su paseo millonario de 14 días.
Para compartir con los lectores el honor que me he ganado – ser el primer periodista de nuestra revista con cartón en “turismo espacial” - les chismoseo algunas notas sueltas sobre lo que, me imagino, será el futuro de este negocio.
La principal atracción para los turistas que visiten la Luna será, sin duda, jugar a las escondidas en sus cráteres.
La segunda atracción: organizar misiones de búsqueda y rescate a la Luna para intentar recuperar los cuerpos de aquellos que se quedaron definitivamente escondidos durante el divertido juego.
Viajar de turista al espacio puede terminar en divorcio. Estos cuatro monólogos, así lo demuestran:
1. Andrés Prudencio, te lo advierto: Si los niños abren la puerta y se desnucan es culpa tuya. 2. Prudencia me vas a quebrar con tanta llamadera interplanetaria a tu madre. 3. Qué esposo tan inmaduro tengo. Estamos orbitando 100 kilómetros arriba, y ni así, te portas a la altura. 4. Gordis. Por fa. No sigas haciendo el oso… bájate ¡ya! del cielo raso.
El gran problema en el futuro será la atención de reclamos de los turistas espaciales.
- Señorita ¿otra vez ración de astronauta: Brócoli, apio, calabaza y repollo? Fíjese “sumercé” en las etiquetas a ver si trajeron alguito deshidratado que diga: “fríjoles con garra”
- Señorita ¡Me siento tumbada! Pagué tanto por este viaje… y mire… cada vez que sobrevolamos sobre la casa de mi madre en Sutamarchán… está nublado.
Viajar al espacio con hijos adolescente será una pesadilla.
- Mi amor asómate a la ventana para ver la Tierra
- ¿Otra vez mami? Si ya la vimos ayer, y antes de ayer, y tras antes de ayer. Ya completamos un mes viendo la misma pendejada.
Pero viajar con hijos pequeños… resultará peor.
- Mamá… Lastenia abrió la puerta y puso a mi hermanito en órbita.
- ¡Mamá! Yo me pedí la ventanilla primero.
- Mama… Víctor Julio se vomitó y creo que por la gravedad “cero”, esto está grave… en serio.
- ¡Mamá! No quiero más hamburguesas deshidratadas.
- Mamá… Estoy que me toteo, y esta cremallera del traje de astronauta se trabó.
- Mamá ¿lo que vimos pasar por la ventanilla era Supermán o fue que mi hermanita se volvió a salir? - (Berreando) Maaaa… ¿ya casi llegamos? ¿Ya casi llegamos? ¿Ya casi llegamos?
Para finalizar, van dos confidencias personales:
1. (Aquí entre nos, yo creo que mi mamá fue la que descubrió -desde mi más tierna edad- mi vocación por el turismo espacial, pues le repetía y le repetía a mis tías: “¡Ay! Este hijo mío si vive en la luna”). 2. (Creo que sí vivo en la Luna: se me perdieron los recibos para el bendito reembolso de la caja menor). |